Si habré escuchado hablar de “Harvey”. Mi madre lo mencionaba con frecuencia. Hablaba del hombre que podía ver a un conejo blanco gigante y después hacía la broma de que ella también podía verlo. ¡Estaba en la habitación! Hace algo más de un mes pesqué la película en el cable. Nunca la había visto, pero inmediatamente supe que era Harvey. Es una película de 1950 y su protagonista, James Stewart, es Elwood P. Dowd. Un hombre bien parecido, inteligente, de buena posición, que podría haber sido cualquier cosa en la vida. Presidente de una compañía, abogado, diplomático, pero en vez de eso, decidió tener un conejo de 2 metros. Así se lamenta su hermana en la película. Su brillante futuro en la perfecta sociedad americana de los 50s, que gracias a sus condiciones él tiene todas las posibilidades de usufructuar, ha sido truncado. En esta comedia de enredos, vemos cómo, en un principio Elwood es tomado por loco, por un pobre tipo que tiene una alucinación, por alguien que ha desperdiciado su chance de ser un personaje importante. Sin embargo, Elwood parece estar muy feliz. Junto a su mejor amigo, el conejo gigante, él invita copas a los desconocidos, ayuda a reunir parejas, e inunda de un matiz de alegría a toda persona que se cruza en su camino. Cambia su mirada de la vida. Elwood, parece alguien comprensivo, amoroso y despierto. Alguien que vive cada momento y que desea estar donde se encuentra, en cada segundo de su vida. En un momento de la película, le preguntan si es cierto que el Conejo tiene poderes para llevarlo a cualquier lugar y tiempo, si es verdad que puede concederle cualquier deseo. Después de meditarlo unos segundos, Elwood contesta que sí, que un Pooka puede hacer eso, pero que él nunca se lo ha pedido porque no se le ocurre que haya un lugar en el que pueda estar mejor que en el que se encuentra. Elwood simplemente vive cada situación como algo nuevo. Ve cada momento como algo maravilloso, tal vez por eso no pide ser llevado a conocer Marte o las pirámides hace 5000 años. Él ve algo misterioso y maravilloso en cada momento que vive. En esta reflexión del personaje, me dí cuenta de que el pooka no era la causa de su estado, sino su consecuencia. El Pooka se le acerca porque él tiene esa mirada y ese sentir. ¿Y qué es un pooka? En otro momento, un ordenanza del loquero, el Sr. Wilson, lee la definición en una enciclopedia. “Espíritu de la mitología celta que toma la forma de un animal grande. Un pooka aparece aquí y allá, y ante cualquiera según su capricho. ¿Cómo está usted Sr. Wilson?” Allí interviene graciosamente el pooka, para desestructurar la visión del Sr. Wilson, y la de los espectadores que aún no creían en él. Harvey es real. Al ver la película no pude dejar de relacionarlo con el “Selbst” de Jung. El arquetipo del Sí-Mismo, el maestro interior que representa la verdadera esencia de cada ser humano y que es la guía interior hacia el Ser. No sé ya dónde leí que Jung, en su edad madura, podía dialogar abiertamente con su Maestro interior así como Elwood habla con Harvey. En fin, mi intención con estas líneas era decirles que si un sábado por la tarde no tienen nada que hacer y tal vez sienten que las vida no les sonríe, intenten buscar esta película. Después de verla, me ha dejado un sabor inocente, fresco e imborrable que tal vez me haga contárselas a mis hijos, así como lo hizo mi madre.
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